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Caracas
Roberto Mata Taller de Fotografía | Escuela de Fotografía desde 1993 en Caracas, Venezuela Instagram: @RMTF
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Doris ha perdido 10 kilos en 26 días. Son los 26 días que lleva Marco Aurelio Coello, su hijo de 18 años y estudiante de quinto año de bachillerato, privado de libertad. En un baño y esposado, un funcionario del CICPC le puso a Marco Aurelio una pistola en la cabeza y le dijo “Te vamos a matar. Te vamos a sembrar: di que tú quemaste esas patrullas”. Marco Aurelio lo negó y así logró que todo empeorara. Lo envolvieron con tirro y una colchoneta de goma espuma. Entre cinco funcionarios le dieron golpes, patadas, amenazas. “Firma aquí. Di que tú incendiaste eso”. El mismo funcionario, impotente ante la negativa, lo rocío con gasolina. Con dos cables le aplicaron descargas eléctricas que lo desmayaron, hasta que apareció alguien que dijo “No lo maten aquí. Aquí no, aquí nos pueden ver”. Entonces a manera de entretenimiento los funcionarios jugaron a pegarse corriente, entre ellos. 48 horas pasaron desde de la detención de Marco Aurelio hasta que pudo ver a un abogado. Siempre estuvo incomunicado. Marco Aurelio fue por primera vez a protestar en una marcha el 12 de febrero. Fue con un amigo y la mamá del amigo. En Parque Carabobo se quedó solo y atrapado entre los manifestantes y funcionarios policiales con escudos. En un acto de ingenuidad, intentó buscar protección con las fuerzas del orden. Una bomba lacrimógena le cayó en la cadera. Aturdido y asfixiado perdió la capacidad de reconocer lo que sucedía alrededor y terminó en el piso. Cuando logró recuperarse se dio cuenta de tres cosas: no sabía cuánto tiempo había pasado, lo estaban esposando y veía como ardían unas patrullas del CICPC. Marco Aurelio, el hijo de Doris, no está solo. Seis jóvenes en total permanecen junto a él en esa condición. Sin conocerse antes, han estado unidos en el mismo espacio. Confinados. La casa de Doris no está desordenada pero es evidente que dejó de ser prioridad hace días. El cuarto de Marco Aurelio intacto, la cama tendida, no hay ropa que lavar. Un camión pequeño llega con un sofá recién tapizado. El antes tan esperado sofá ahora luce tan fuera de lugar… Por momentos, Doris pierde la fe. Solo por momentos. Doris Morillo de Coello, 50, Abogado.
2,464 | March 10, 2014
“Le tengo miedo al momento en que se acaben los novenarios, las llamadas y la prensa pierda el interés. Al momento en que yo tenga que volver a levantarme temprano a recordarla. Este dolor no va a pasar nunca”. Saúl, el padre. Pa, como le decía Geraldine. Geraldine jugaba fútbol sala, posición delantera. Pero la Guardia Nacional le llegó de sorpresa por la retaguardia, con las motos y sus luces apagadas, el miércoles 19 de febrero en Tasajal, Valencia. La manifestación era a dos cuadras de allí. Ella estaba frente a su edificio, caceroleando. Hubo un disparo, eso la advirtió. Intentó escapar y se cayó. Vecinos cuentan sobre dos guardias. Uno le dijo al otro “¡Dispárale!” y ese otro se negó. Entonces el de la voz de mando le disparó a Geraldine en el piso con una escopeta de perdigones. Al rostro. A un metro de distancia. Delgada, espigada, deportista, dicharachera, estudiante de Citotecnología de la Universidad Arturo Michelena, 23 años, “la bujía de la familia”, entró a la emergencia de la clínica diciendo “Apúrense, háganlo rápido, que siento que se me quema el cerebro”. El disparo fue al ojo derecho, pérdida inmediata. El izquierdo tampoco se salvaría, aclararon después los médicos. El daño cerebral fue irreparable. Geraldine pasó por dos cirugías. La segunda tomó ocho horas. Esa noche fue la más larga de la vida de Saúl. Entre las barricadas y una sensación de toque de queda no oficial, logró llegar únicamente hasta la mitad del camino. Tuvo que esperar al día siguiente para poder estar con su hija. El sábado 22 de febrero a las 12:35 pm, frente a su madre, un cura y Saúl, Geraldine fue desconectada. Saúl tenía esperanzas de ver a su única hija recuperada. “Me quitaron todo. Ya no tengo nada”, dijo después, durante un rosario. La casona de más de cien años de la mamá de Saúl es el lugar donde Geraldine contaba chistes malos, de esos tan malos que al final hacían reír. Hoy toda su familia, la de piel y la de sangre, agradece cuanto Geraldine les hizo reír. Saúl Moreno, 55, bienes raíces, padre de Geraldine.
2,179 | March 5, 2014
“Cierro los ojos y veo perfectamente la bomba venir directo a mí. Es como una lata de atún que echa chispas” La Guardia Nacional hizo un ataque sorpresa a estudiantes que colocaban palos y escombros para armar una barricada el 19 de febrero, en Altamira. Agazapada en el desnivel de la Torre Británica, esperó tenerlos a unos diez metros de distancia para de frente, disparar bombas lacrimógenas. Desorientado y con un pito en el oído, Carlos fue alejado del lugar por un lazarillo desconocido. No sabía dónde había recibido el impacto, se revisaba los dientes, se revisaba la cara, no veía. Luego entendió todo. “Si voy a perder el ojo lo perderé”, pensó. Estando en la ambulancia recibió una llamada. “Bendición, mamá. Estoy perfecto. En un rato voy a la casa”. La conversación fue a ciegas. Carlos decidió no mortificar a su mamá. Antes de entrar a quirófano, firmó un documento donde aceptaba que podría salir de la cirugía sin ojo y con una prótesis. Salió con el ojo pero la hemorragia interna fue tal, que todavía los médicos no pueden ver hacia adentro. Ni él hacia afuera. Una gota cada hora, otra cada ocho, otra cada doce, todas distintas. Semana y media después, el pronóstico es que es muy difícil que recupere la visión. El ojo está prácticamente muerto. Al escuchar eso, Carlos lloró, lo hizo por primera vez. Sin embargo, no pierde la esperanza. Si pudiese sentarse con el guardia que le disparó, le preguntaría si esto es una guerra contra los estudiantes o si cree que los estudiantes tienen una guerra contra ellos. Le preguntaría qué siente con lo que está pasando. “No he visto a mis perros, ni los vídeos donde salgo herido, ni televisión, ni mi teléfono, ni el sol, ni el cielo. Debo tener los ojos cerrados todo el tiempo”. Desde qué salió de la clínica, Carlos se fue a casa de su papá. Ha estado durmiendo con él, juntos en la misma cama. Algo de lo que no tenía el más mínimo recuerdo. - ¿Qué te preocupa, Carlos? - Me da más miedo no poder vivir a Venezuela, que no poder verla. Carlos Tejeda, 22, estudiante Ingeniería Civil Universidad Metropolitana.
2,132 | March 4, 2014
Yubiry corretea guardias nacionales. Los ataca con palabras y con piedras. Se las lanza al cuerpo, no a la cabeza. Reconoce que la ira le ha permitido desarrollar una gran puntería que debe controlar. Sabe trancar calles y frenar a colectivos para que no les roben el agua y la comida de los manifestantes. Está de primera frente al piquete. Logra acciones concretas. Su carácter pacífico, con intentos frustrados de diálogo, ha dado paso a una Yubiry radical. La violencia y eso que considera la injusticia han hecho florecer una Yubiry valiente, líder. Dejó hace unos días su participación activa en Altamira. Necesitaba organizar Chacao para generar distracción y disminuir el ataque de los guardias, pero la estrategia sólo funcionó el primer día. Luego la represión se duplicó y ahora cubren todos los focos de protesta que se levantan. Después del 12 de febrero, Yubiry sintió miedo y reconoció que con ese miedo no lograría nada. Decidió actuar. Un brazo morado, muchas burlas e insultos son, hasta ahora, los daños sufridos. El día que encontró su cuarto lleno de comida, agua y primeros auxilios comprendió que se había convertido en una líder. Los vecinos le consultan diariamente la estrategia a emplear. Ochenta y siete puntos de sutura en la cabeza de una estudiante que seguía sus instrucciones la dejaron ver el tamaño de su responsabilidad. Volvió el miedo. “Los colectivos tienen derecho a matar. Yo no. A ellos la justicia no los va a condenar. A mí la moral no me lo permite”. Yubiry cae, se levanta y ve en sí misma cuatro características que considera fundamentales para que la protesta llegue a algún destino: astucia, radicalismo, pacifismo y diálogo. Hace un año que el padre de Yubirí no le habla. Vive en el estado Cojedes y las diferencias políticas no lo permiten. La madre se autodefine como apolítica. El novio de Yubiry la dejó el 13 de febrero cuando sospechó el nuevo propósito de vida. Ahora vive con su abuela. Yubiry a veces se siente sola, pero no lo suficiente como para abandonar su lucha: “el futuro de mi generación”. Yubiry, 18. Bailarina de breakdance y estudiante de Diseño Gráfico.
2,227 | March 16, 2014
— ¿En cinco años? — En cinco años espero estar vivo. Estamos viviendo una dictadura… Sobre la mesa, en la sala de su casa, hay ciento veinte dólares en efectivo. Julio necesita una moto. Se sabe marcado, así que en metro y camioneticas se siente vulnerable. Esos dólares tienen una razón de ser: vendió una gift-card de Amazon y está completando para llegar a quinientos y comprar una Skyline nueva y con garantía, que ya tiene palabreada con un amigo. La moto es automática. Julio no sabe manejar sincrónico. — Yo hubiera querido ser un rockstar, pero soy rockero de barrio. — ¿Cómo es eso? — No voy a los buenos toques, no compro discos originales y compro franelas de buhonero… Asegura que no le corresponde asumir la responsabilidad de la dirigencia política, pero alguien tiene que dar la cara y él lo asume. Es baterista, usa un piercing, baila salsa, hizo BMX y no tiene más tatuajes por falta de dinero. Está formalmente desempleado desde hace tres años, aunque hace asesoría política. Se formó en el partido comunista Bandera Roja. En El Tigre, estado Anzoátegui, fue adoptado por los “mala conducta” del liceo cuando tenía 13 años. Le enseñaron a fumar, a beber, a tirar coñazos y a jugar truco y básquet. Él les explicaba Física, Química y Matemáticas. Julio era un “coco” para ellos. Vive en setenta y seis metros cuadrados, un apartamento con dos habitaciones. Allí fue donde la esposa grabó el video de cuarenta y dos minutos que está colgado en internet desde el 12 de febrero. En una concentración en El Rosal calcula que le tomaron por lo menos setecientas fotos. Y a cada persona que le preguntó algo le dedicó de cinco a siete minutos para “hablarle claro y darle una respuesta cara a cara”. Caminar una cuadra le tomó tres horas. “Esto es como un tsunami. Una ola pequeña que es ésta que estamos viviendo. Luego se recoge y, entonces, viene el tsunami”. Asegura sufrir igual que sufre cada venezolano, nada lo exime, eso cree que lo conecta con la gente. Habla de frente, le gusta estar sin camisa y abre la boca cuando se asombra. La abre bastante. Julio Coco, 36. TSU en Química y activista político. #Perfiles
1,911 | March 20, 2014

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